"...es que esto de escribir es un dolor que nos viene horadando de continuo, que nos nace de pronto como nace de nuevo un corazón que estaba muerto..."
"Vicente Martín Martín"

lunes, 13 de abril de 2020

Pájaros




Siente miedo de ir allí, de llevarse de vuelta un equipaje no deseado a casa.
Un ritual diario que se ha engarzado en su rutina y que probablemente durará mucho más del final. Mascarilla, gafas, que si el mono, guantes y lo más importante, no te toques la cara.  Al salir más de lo mismo, hazlo bien, quítatela desde las orejas, lávate las manos, los pies en la toalla empapada en lejía y al llegar a casa salúdalos desde lejos y enciérrate en el baño a dejar que las lágrimas se pierdan en el suelo de la ducha.
Su familia la mira con una mezcla de orgullo y recelo mientras cenan. La televisión al fondo habla de cifras, de días, de multas, mientras en su cabeza resuena la respiración entrecortada de Don José, de la 206, y piensa si mañana seguirá allí cuando vuelva.
Él no sabe qué pasa, tiene alzheimer, su mente es ajena a pandemias, a muerte. Cada día le habla de pájaros, fue ornitólogo y la enfermedad no ha conseguido mermarle ni un poco su adoración por ellos. Mientras ella lo asea y acicala él le habla de trinos, de plumas de colores, de vuelos. Sobre todo de vuelos. Y de vez en cuando de sus hijos, unos que ahora no pueden visitarle y que sufren sin que él, casi nunca, pueda añorarlos lo suficiente.
Y ella se deja volar con sus palabras, ajena también, por un momento, a todos los problemas, y sus miedos se convierten en alas que se elevan alto hasta desvanecerse.
Ojalá mañana siga allí y la incertidumbre sea un vencejo dibujando las nubes.

domingo, 1 de marzo de 2020

Heroína de andar por casa


Prepararle el desayuno al niño con una mano mientras con la otra cubre su bostezo, vestirse del revés, peinarse para luego. Dejarle impecable a él, llevarle al colegio en autobús mientras el coche va abultando su factura en el taller y reinventarse teoremas para hacer la compra sin desperdiciar un céntimo. Llegar cargada a casa, encender la lavadora a las mismas revoluciones que su prisa, pasar la aspiradora, poner a remojo las lentejas para robarle tiempo al tiempo de mañana a la vez que se cuece la pasta del almuerzo y la verdura para la cena.

Mirarse en el espejo, echarse la mano a la cabeza y pasar de largo para tender la ropa en la terraza.

Un rugido en su estómago le advierte y se percata de que no ha comido nada, pellizca el pan y come mientras va colocando los platos limpios en la alacena.

Los macarrones cocidos y escurriéndose, las zanahorias casi hechas, apaga el fuego y sube al dormitorio. Sacudir las sábanas y hacer la cama, por hoy es suficiente allí, mañana si se puede pasará la escoba con los segundos sobrantes que le han regalado las lentejas.

El sol sobre los hombros, ya es mediodía, la vida pasa rápida cuando se está ocupada, es mejor así, dicen muchos.

Se le antoja un baño ahora que está sola, un capricho de lujo, llena la bañera y se desnuda con una risa floja que la inunda por dentro, todavía quedan dos horas para que su marido llegue con el niño del colegio. Abre el grifo y espera, y se enfría como el agua, el termo no funciona, hay que llamar urgente al fontanero antes de que cierre. Se viste de nuevo y llama, llegará en media hora. Su gozo en un pozo. Se moja la cabeza en el lavabo, se arregla un poco el pelo y adecenta un poco la casa para causar buena impresión.

Llega puntual, una hora y está listo, tanto como el monedero.

Las dos menos cuarto, enciende el horno y rocía los macarrones con queso para tenerlos en su punto cuando llegue la familia. Se cuentan su día mientras comen, un beso y él se marcha de nuevo al trabajo. El fregadero hasta arriba y el libro abierto sobre la mesa para hacer los deberes. Mientras friega va contestando a preguntas de matemáticas, de  historia y hasta, por sorpresa, de cómo se hacen los bebés.

Luego el parque, la conversación con las otras madres sin perderle de vista, el tropiezo y la herida en la rodilla, los nervios, las ojeras al volver de nuevo a casa , la ducha y los dibujos animados y la verdura por servir. La cena humeante, el sueño en su cabeza y la serie que se desvanece.
Todo se calla, padre e hijo duermen, y ella deja correr el agua por su cuerpo, de pie en la bañera, mientras un suspiro se le desboca por el pecho.

Por fin llegó el momento, ya puede quitarse la capa y dormir tranquila.