"...es que esto de escribir es un dolor que nos viene horadando de continuo, que nos nace de pronto
como nace de nuevo un corazón que estaba muerto..."
"Vicente Martín Martín"

lunes, 14 de marzo de 2016

La cortina del baño

Hoy, por fin, he tenido el valor de volver a nuestro piso a por mis cosas. Estaba tan desangelado y solo que me ha recordado a esas películas neblinosas, donde nada es lo que parece y la luz es la única chispa de bondad que antecede a la desgracia.
No sé si me entiendes, aunque tampoco importa.
He llevado un montón de cajas vacías, aunque no habían demasiadas pertenencias que quisiera conservar de nuestro encuentro, al final las he ido llenando todas como un autómata sin conciencia ni arrepentimientos. Ya lo ves, las intenciones nunca me han bastado cuando se trata de ti, ni tan siquiera en esta despedida a solas frente a un taquillón sin fotografías ni figuritas de comunión.

Cuando he entrado al cuarto una mitad del mundo se ha derrumbado frente a mis pies, de repente un "No digas que no" de Urquijo me ha retumbado en las sienes y un olor a madrugada enjaulado en tu pelo me ha amordazado allí mismo sin dejarme respirar.

He salido al balcón, a embadurnarme del aire que supuestamente nos iba a durar de por vida, a mecerme en el vaivén de los naranjos y soñar con las risas de ese niño que nunca llevará nuestros escudos. Me he tumbado en el sofá esperando el sonido de una puerta que ya siempre permanecerá abierta y, más tarde, he curioseado el cajón de los tesoros para terminar de morir antes de la hora de comer.
Allí, al fondo, bajo tantas cartas que he vuelto a escribirte con los ojos, sobre un chicle usado y al lado del álbum de momentos que me regalaste por nuestro único aniversario, estaba el lienzo doblado de nuestro amor eterno.
Quizás para ti sea una insignificancia, pero yo he dejado resbalar una lágrima en honor a la imaginación de aquella primera tarde.
Lo recuerdo tan nítidamente que he temido por un instante no estar en el lugar que me corresponde.

 Aquel día nos instalamos en estas cuatro paredes, éramos dos ilusos con un par de céntimos en el bolsillo y el alma de punta, ¿recuerdas?. Nos anotamos en una servilleta todo lo necesario para nuestra nueva vida en común y salimos, tan decididos como enamorados, a comprar al chino de la esquina. No nos daba para más, pero la ilusión no hubiera podido caber en un cielo al completo.
Ahí compramos esta cortina blanca, la más barata, humilde como nuestro amor sin más pretensiones que el propio amor, suficiente para guarecernos los besos húmedos y los baños milimétricos. Y esa misma tarde, tras la mudanza y con una pizza sobre la alfombra, comenzamos a desbordarnos el alma sobre ella.
Allí, de mil colores, de mil sabores, dibujamos nuestras iniciales entre curvas de corazones en celo, nos dedicamos frases propias y de otros, nos juramos, nos imaginamos caminando al ras de un sentimiento indestructible.
Allí inventamos una poesía propia, capaz de protegernos de todo y de todos.
Más tarde nos dio pena y decidimos guardarla, hubiera sido un crimen acabar con ese derroche de creatividad tan pronto.
Debiera haberla roto en mil pedazos, haberla calificado de absurda y haberla lanzado al vertedero junto con tus labios. Pero no puedo. Además, quedó muy original.
La he guardado en una caja, junto a un puñado de calcetines y la freidora, he mirado atrás como un galán de película destronado y me he fugado de allí para no volver.

Cuando he llegado a casa la he colgado en mi bañera, en mi piso sin ti, en mi vida sin ti. Eso sí, del revés, quiero que el agua sea la única culpable de diluir cuanto fuimos, yo no tengo valor.
Así, quizás, los recuerdos consigan algún día desvanecerse por completo y esa cortina vuelva a ser blanca, como antes de conocernos, como mucho antes de amarte como todavía lo hago.


Y nada duela demasiado como ahora.

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